miércoles, 15 de febrero de 2017

Excusas del educador para no escribir


Sentado en la sala de espera del Csmij de L'Hospitalet de Llobregat dispongo de tiempo para rememorar algunas de mis andanzas pasadas como educador social en los diferentes proyectos en los que he estado colaborando en mis veintidós años de aventura profesional. 
Ciertamente siempre coincido con multitud de compañeros en que si los educadores tuviéramos por costumbre escribir más sobre las anécdotas, sentimientos, injustícias, éxitos, propósitos y despropósitos de nuestra profesión podríamos disponer no sólo de una sino de diversas enciclopedias sobre la práctica de la educación social.

A veces me apetece escribir anécdotas vividas en el pasado aunque bien mirado se me antojan ahora como escabrosas, amarillas, humorísticas cuando no tremendamente irreverentes para con las personas con las que traté o irrelevantes puestas en la linea del tiempo. 

A menudo también me propongo escribir sobre emociones, sentimientos o valores puestos en juego pero un velo de vergüenza cuando no de miedo o pereza por revivir experiencias complejas me invade impidiéndome teclear nada.

Tras descartar anecdotario y sensaciones encontradas pruebo con centrarme en revisión de casos, experiencias grupales y proyectos enfatizando el marco teórico y la inspiración filosófica bien aterrizada en la práctica pero se me antoja tan pesado escribir sobre aspectos técnicos cuando lo que me apetece es disfrutar de la escritura...

Por ello directamente otras veces quiero reflejar aspectos educativos más generalistas, filosóficos, sociológicos, ideológicos, críticos pero descarto la idea a media escritura al encontrarme con un texto más político que educativo y a menudo más catártico que constructivo.

Pruebo finalmente por aspectos narrativos más próximos a la literatura pero dudo entre escribir cuentos para niños, jóvenes o adultos y cuando por fin me decanto por alguno de estos destinatarios me invade una leve sensación de paternalismo impidiendo que mi escrito no se agarre a "moralejas" o discursos de fondo que a la postre descarto por simplistas. 

Tras analizar rápidamente mis múltiples motivos que me impiden escribir más sobre mi profesión me vienen a la cabeza otros de más generales: la vergüenza, inseguridades personales o el marco legal y administrativo en el que trabajamos (especialmente en el sistema de protección de menores). 

Aún en la sala de espera pienso en la reunión de esta tarde junto a otros compañeros educadores para compartir experiencias de escritura en blogs sobre nuestra profesión y me pregunto qué hará que algo tan apasionante como nuestra labor sea tan compleja de plasmar en palabras.